Manuel Ballagas: “¿Cómo me llamo? ¿Cómo me llaman?”
Menudo lío se ha buscado un dueño de hotel en Nuevo México. Algunos empleados suyos le tildan de racista, un grupo hace piquetes frente a su establecimiento, y hasta la benemérita Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos le ha enviado una carta de protesta. ¿Qué ha hecho para merecer esto? No mucho, a juicio de él. Pero sus detractores, entre ellos la alcaldesa de la ciudad de Taos, donde está el hotel que Larry Whitten compró hace poco por 2 millones de dólares, consideran que ha cometido una gravísima falta. Whitten creyó que haría la vida más fácil a sus huéspedes y clientes si sus empleados hispanos tuvieran nombres más fáciles de pronunciar. De modo que pidió a algunos de ellos que anglificaran sus apelativos: de Martín a Martin, de Marcos a Mark, y así por el estilo.
Como la medida provocó cierta hostilidad entre sus empleados, Whitten les pidió que en lo adelante se expresaran sólo en inglés en su presencia, no fuera que, aprovechando su desconocimiento del castellano, se pusieran a criticarlo en sus narices.
Fue entonces que ardió Troya. Porque en este país uno puede gritar a voz en cuello que Barack Obama es un bandolero, o incluso quemar la bandera nacional en plena calle, sin muchas consecuencias. Pero Dios libre a quien se le ocurra ofender a una de las tantas minorías a las cuales el gobierno federal ha asignado el triste papel de víctimas. Más le valiera no estar al día en sus taxes, que ya es bastante pecado.
No es cosa de defender a Whitten, desde luego. Se echa de ver que es de pocas luces y sus métodos de gestión resultan, en el mejor de los casos, simplemente atroces. Se merece cualquier castigo que el mercado –y quizás las autoridades- le impongan. Pero los hispanos a quienes ofendió deben saber también que sus nombres no son los únicos -ni serán los últimos- que resultan “impronunciables” en este país, que es la encrucijada de casi todo el mundo.
Puede que Whitten, con todo y lo bruto que parece ser, haya dado sin proponérselo con una de las claves para alcanzar el éxito en Estados Unidos: no contrariar la perezosa lengua de los estadounidenses.
¿Alguien ha oído hablar de Issur Danielovitch o de Elias Kazanjoglou, por ejemplo? Claro que no. Pero se trata nada menos que de dos luminarias de Hollywood, a quienes se conoce por los nombres más sencillos –y pronunciables- de Kirk Douglas y Elia Kazan, de raigambre rusa y turca respectivamente.
Y es que aquí la gente se cambia a veces el nombre más por conveniencia profesional que porque un gerente ignorante lo dicte. ¿O es que acaso Martin Sheen, uno de los actores estadounidenses más progres, hubiera llegado a donde está si se hubiera llamado simplemente Ramón Estévez? Seguramente -y con todo lo rubio que es- andaría encasillado todavía en papeles étnicos, marginales, bigotudos, como cuadra a su condición de “minoría”.
Otros, hay que decirlo, alteran sus nombres castellanos con un regusto que da vergüenza. No bien pisan tierra estadounidense, se empiezan a llamar Ralph, Frank, Mickey, Ed o Chuck, en vez de Rafael, Francisco, Miguel, Eduardo o Carlos, como Dios manda. Ninguno se hace rico ni famoso, es verdad, pero por lo menos los americanos pueden pronunciar sus nombres sin que les salga una hernia.
Al menos, los hispanos tenemos la suerte de que el castellano comparte con el inglés un alfabeto y la raíz latina de ciertas palabras. La única gran piedra de contención parece ser la “ñ”: pecata minuta. Otro gallo cantaría si fuéramos asiáticos, árabes o eslavos. Quizás por eso nunca he conocido a un chino en Estados Unidos que no lleve un nombre inglés. Y no hablo sólo del famoso detective Charlie Chan.
¿Se imaginan lo difícil que resulta para un nativo de Ohio pronunciar nombres como Medvedev, Xixiu, Nguyen o Duqaq? Caramba, hasta se me ocurre ahora que todo el diferendo de Estados Unidos con Irán -armas nucleares aparte- podría deberse nada menos que al fuerte dolor de mandíbulas que Hillary Clinton sufre cada vez que tiene que decir “Majmud Ajmadineyad”.
Pero hablemos en serio: Estados Unidos, un país al que todo el mundo vuelve los ojos, raras veces mira hacia fuera por sus propias ventanas. Esta suerte de introversión puede ser a veces costosa. En una nación mayoritariamente monolingüe, casos como el del hostelero de Nuevo México se darán más a menudo, a medida que el tejido demográfico se tiñe de nuevos acentos y culturas.
El reto para los hispanos, sin embargo, será esquivar el paternalismo protector del Estado, al que no deben confiar en absoluto la defensa de los elementos esenciales de su identidad. ¿Quién sabe? Puede que en determinadas circunstancias les convenga cambiar de nombre.
Manuel Ballagas (ballagas@semanarioatlantico.com) es consultor de medios.
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