Edwin J. Feulner: “Frenando una crisis constitucional”
Éstos son los momentos que ponen a prueba a nuestras almas liberal-conservadoras. Un presidente progresista quiere cortar los gastos de defensa. El Congreso americano tiene como objetivo aumentar los impuestos y regular prácticamente todo. Jueces activistas crean nuevos “derechos” mientras ignoran inveterada jurisprudencia. Entonces ¿por qué seguir siendo optimista? Porque Estados Unidos todavía cuenta con la Declaración de Independencia y la Constitución. Son los pilares de nuestra libertad y las cartas de triunfo liberal-conservadoras en la batalla de las ideas.
“No necesitamos rehacer Estados Unidos, ni descubrir principios nuevos y sin probar” escribe el académico Matthew Spalding en su más reciente libro. “El cambio que necesitamos no es el rechazo a los principios americanos sino una gran renovación de estas verdades permanentes sobre la humanidad, la política y la libertad – los principios fundacionales y de sabiduría constitucional que son las verdaderas raíces de la grandeza de nuestro país”.
En pocas palabras, necesitamos una hoja de ruta para regresar al lugar en el que debe estar nuestro país. De eso trata el libro de Spalding, We Still Hold These Truths: Rediscovering Our Principles, Reclaiming Our Future (Aún sostenemos estas verdades: Redescubrir nuestros principios, recuperar nuestro futuro). Resume los principios básicos de la libertad, detalla el asalto de los progresistas a esos principios y explica por qué y cómo debemos defender y reaplicar esos principios si hemos de salvar a nuestra nación.
Cada norteamericano debería conocer los principios fundacionales del país. Y Spalding advierte que: “El significado y el poder de estas ideas se perderán en el espacio de un ciclo de vida si no se enseñan a cada generación de estudiantes. Antes, la misión pública de nuestras escuelas era la de transmitir este conocimiento a los jóvenes norteamericanos como el requisito más importante para la democracia. Una vez más, debe ser la misión de nuestras escuelas”.
No hace falta esperar la llegada de una nueva generación de ciudadanos para levantarnos y liderar. Los funcionarios electos también deben actuar.
“Un pequeño paso en esta dirección sería requerir que toda legislación fundamente su autoridad constitucional, por lo menos impondría tomar en consideración la legitimidad constitucional de cada propuesta” nos dice Spalding. Los responsables de formular política también deberían mirar atrás, revisando leyes y regulaciones existentes para cerciorarse de estar conforme a la Constitución.
Spalding escribe que: “Una vez que arrancan, demasiados programas se reautorizan automáticamente y se convierten en parte de la burocracia permanente”. Por esa razón, el Congreso “debería revisar periódicamente cada uno de los programas importantes y autorizarlos nuevamente, creando un mecanismo continuo que funcionaría en contra de la expansión constante y automática del Estado. En lugar de asumir su continuidad, el Congreso debería someter cada programa público a una reevaluación habitual de su autoridad, propósito y eficacia”.
Pero en estos días, el Congreso aprueba leyes de mil páginas que la mayoría de congresistas no tiene tiempo de leer, menos aún de tomar en consideración. En vez de deliberar, los legisladores norteamericanos pasan mucho de su tiempo supervisando una burocracia no electa encargada de la toma de decisiones en asuntos regulatorios.
De hecho, apunta Spalding: “Aunque la Constitución confiere los poderes legislativos al Congreso, la mayoría de ‘leyes’ es promulgada por agencias administrativas bajo la apariencia de ‘regulaciones’ que es una forma que los burócratas tienen de gobernar, por lo general no tienen que rendir cuentas a nadie y son invisibles al público”.
Claro que a medida de que los legisladores retomen su papel tradicional, hará falta que los jueces reduzcan su intromisión en la toma de decisiones.
“Por lo general se supone que los jueces tienen la última palabra respecto a todas las preguntas constitucionales. Hace falta cuestionar estos argumentos y ganar en la arena pública, tanto como asunto de precisión histórica como de condición necesaria para infundir nuevos bríos a las ideas del gobierno limitado, el constitucionalismo y el Estado de Derecho. Al permitir que la Constitución sea tratada como un documento maleable, no nos debería sorprender que la Constitución ‘viviente’ haya anestesiado la mentalidad política de muchos norteamericanos” insiste el autor.
Triste pero cierto. En los años venideros, esperemos que el libro de Spalding se convierta en un libro de texto que ayude a reabrir la mentalidad política de los alumnos norteamericanos.
Los principios de nuestra Declaración de Independencia y nuestra Constitución deben convertirse una vez más en “una expresión de la mentalidad norteamericana” como bien dijo Thomas Jefferson. Podemos – y debemos – insistir en que nuestros líderes acaten verdaderos principios constitucionales. Pero, como pueblo, los norteamericanos también debemos redescubrir estos principios si hemos de reclamar nuestro futuro.
Edwin J. Feulner es el presidente de la Fundación Heritage.
© 2009. The Heritage Foundation
© 2009. Traducido por Miryam Lindberg (ml@semanarioatlantico.com)
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