Carlos López Díaz: “Comunismo, nazismo, islamismo”
Muchos intelectuales, en tiempos de Voltaire, llegaron a pensar que la superstición es el origen de todos los males sociales, y que si se consiguiera desposeer a los clérigos de su poder e influencia, y establecer un sistema educativo basado en los valores de la razón, la ciencia y el humanismo, las tiranías y las guerras podrían llegar a convertirse algún día en un mero recuerdo del pasado. Hoy, cuando la ley islámica sigue presente en tantos países, incluyendo enclaves urbanos europeos, y los integristas sostienen guerras abiertas en Afganistán y otros lugares, al tiempo que alimentan conspiraciones terroristas en todo el mundo, aquella visión ilustrada aparentemente conserva toda su vigencia.
Sin embargo, es un hecho que las mayores matanzas de la historia han sido provocadas por el comunismo y el nacional-socialismo, ideologías ateas o como mínimo laicas. Se calcula que el comunismo causó en el siglo XX una cifra aproximada de 100 millones de muertos, como consecuencia de ejecuciones directas, y de asesinatos masivos apenas encubiertos, resultado de confinamientos en campos de concentración, hambrunas artificiales y deportaciones. En cuanto a las víctimas mortales del nazismo, se estiman en torno a 25 millones. Estas cifras horrendas no incluyen las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, cuya responsabilidad recae especialmente en Hitler y Stalin, los firmantes del pacto germano-soviético que permitió el inicio de la política expansionista de ambas potencias en Polonia y el Báltico.
Tanto el comunismo como el nazismo eran ideologías basadas en concepciones cientificistas y se planteaban fines estrictamente terrenales, como la hegemonía de la raza aria o la dictadura del proletariado. Antes de convertirse en ideologías oficiales del Estado, su difusión había sido favorecida por una variada literatura de tipo paracientífico, que abarcaba desde obras académicas hasta panfletos y folletos divulgativos, mucho más accesibles al gran público, al que pretendían “ilustrar” con consideraciones de todo tipo sobre biología, economía, historia, etc., y que desplazaron con notable eficacia a los catecismos y sermones de las confesiones establecidas, cuando no promovían un anticlericalismo feroz. En España, en 1936, anarquistas y comunistas se cobraron la vida de unos siete mil religiosos.
El Barón de Holbach fue un ateo radical, aunque moderado en cuestiones sociales, que publicó clandestinamente sus obras poco antes de la Revolución Francesa. En su “Sistema de la naturaleza” (1770) afirmó, con candorosa ingenuidad, que “un tirano ateo que persiguiera por creencias sería un hombre inconsecuente con sus principios… El supersticioso… halla en su religión muchos más pretextos que el ateo para perjudicar a la especie humana”. La verdad, como acabamos de recordar, es que dictadores y militantes de Estados o partidos formalmente laicos o ateos han ido mucho más allá de la persecución por creencias: Han asesinado, torturado y encarcelado simplemente por lo que uno era o parecía: burgués, propietario, judío, cristiano o intelectual.
Ahora bien, incurren en una ingenuidad estrechamente emparentada con la de ciertos ilustrados del siglo XVIII quienes consideran que el problema del islamismo viene a ser una especie de regresión a la Edad Media. Es obvio que, en parte, existe un componente premoderno en el integrismo religioso. Análogamente se ha dicho que el comunismo y el nazismo constituyeron retrocesos enormes en aspectos de la vida civilizada como el derecho. Sin embargo, el totalitarismo es por encima de todo un movimiento de naturaleza moderna, porque no se limita a implantar despotismos como los que han conocido épocas pretéritas, sino que trata de transformar radicalmente la sociedad, alumbrar un “hombre nuevo”, arrasando cualquier institución que se le resista en acto o en potencia, y adoptando para ello los últimos avances técnicos (en la guerra, los medios de comunicación, etc.). Los nazis, por no hablar de los comunistas, se consideraban a sí mismos en la práctica verdaderos “progresistas”, que trabajaban por destruir, según su punto de vista, caducas tradiciones políticas, jurídicas y morales. Todo, con un objetivo fundamental: Barrer por completo el concepto judeocristiano de persona y libertad individual, para consagrar definitivamente al Estado como el único Dios verdadero sobre la tierra.
El islamismo de principios del siglo XXI a lo que más se parece, al menos por sus efectos, es a las ideologías comunista y nacional-socialista. Cierto que los líderes islamistas no dudan en explotar una cierta nostalgia de un pasado musulmán idealizado (los nazis jugaron también a eso: el término Reich ejerció una función similar al de Califato), pero al mismo tiempo utilizan internet, tratan de hacerse con armamento nuclear y establecen relaciones con cualquier tipo de régimen que sirva a sus propósitos, sea o no islámico, además de pregonar, por cierto, postulados explícitamente neonazis, en relación con Israel. Tal como hicieron comunistas y fascistas en el período de entreguerras, los islamistas residentes en suelo occidental utilizan todas las posibilidades que las sociedades democráticas les ofrecen, para intentar destruirlas, y en tal empeño obtienen muchas veces la colaboración suicida de nuestros “progresistas”, preocupados mucho más por los derechos humanos en la base norteamericana de Guantánamo que en el resto de Cuba, o en los países islámicos.
Cuando los terroristas destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York se produjeron algunas reacciones de una mezquindad inenarrable, que en esencia culpaban a los Estados Unidos de lo sucedido. Y también hubo quienes dijeron que el problema, a fin de cuentas, era la propia creencia en Dios, en nombre del cual, después de todo, se había perpetrado la masacre. A la izquierda estatista dominante le conviene presentar toda cuestión según el esquema progreso versus tradición, razón versus fe, lo cual le permite situarse en una posición de iniciativa y liderazgo moral, ante la cual la derecha occidental no puede hacer más que conformarse con un papel rezagado, cuando no equívoco.
Pero se trata de una antítesis engañosa. La verdadera batalla se libra entre quienes defienden la libertad individual, y quienes, como los regímenes populistas de Hispanoamérica y el islamismo, aspiran a subordinarla al colectivo, a una comunidad ideal o mística. Pero aquellos que en Occidente realmente se sitúan en una posición como mínimo ambigua en relación a estos conceptos acostumbran a ser quienes más blasonan de progresismo y laicismo. A estas alturas, cuando tenemos la experiencia histórica de la que carecía el Barón de Holbach, esto ya no debería sorprendernos.
Carlos López Díaz (lopezdiaz@semanarioatlantico.com) es autor del blog Archipiélago Duda
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